Por Mesías Guevara Amasifuen
Hace 203 años Don José de San Martin proclamó nuestra independencia, la cual se consolidó el 9 de diciembre de 1824 en la batalla de Ayacucho que fue liderada por el general Antonio José de Sucre. Por lo que estamos viviendo los últimos tiempos del bicentenario y los albores del tricentenario de nuestra independencia y la fundación de la República del Perú.
En este 28 de julio no hay nada que celebrar, pero si hay mucho por reflexionar, proponer y actuar. El escenario es sombrío y desesperanzador. Los que dirigen el gobierno y el Congreso de la República, en lugar de solucionar los problemas que aquejan a los ciudadanos de a pie, se dedican a satisfacer y a proteger los apetitos voraces de las economías criminales y mercantilistas, violentando la institucionalidad y el futuro prometedor de nuestra patria. Su actuación no es política y tampoco es ideológica, simplemente responden a sus intereses subalternos.
Seamos el destello de las luciérnagas que brillan en este mundo oscuro, y es importante que los millones de peruanos y peruanas que tienen mentes lúcidas, brillantes y honestas se sumen a la gran causa que es defender a nuestra república, lo cual significa conquistar nuestra libertad real, defender los derechos de todos, proveyéndoles acceso a servicios de salud y educación de calidad, trabajo y vivienda digna. Estableciendo un país libre, justo, solidario y soberano.
La actual situación nos exige que rompamos paradigmas para salir de la recesión mental en que estamos inmersos. Paradigmas que nos atan al subdesarrollo y a la mediocridad, que al final nos alejan del sentido cívico y patriótico, orientándonos al individualismo extremo.
Tenemos que reivindicar los principios republicanos de Faustino Sánchez Carrión, que inspiró y forjó la instauración de la república del Perú. A los cuales debemos agregarle la implementación de la economía del conocimiento, que nos lleve a revolucionar la matriz productiva que se sustente en una matriz energética limpia y renovable, más el impulso de la ciencia y tecnología a través de una transformación digital productiva.
Y definir el rol del Estado, que en la actualidad en muchos lugares está ausente, por lo cual millones de peruanos están exiliados en su propio territorio. El Estado debe ser fuerte, ni grande ni pequeño, pero si moderno y no paquidérmico. Debe ser capaz de hacer cumplir las normas y evitar que se den leyes y normas que amparen a la impunidad. Que garantice el bienestar de todos los peruanos sin distingos de condición económica y social, es decir, el progreso debe ser para todos en una sociedad revitalizada.
Que tenga conciencia ecológica y con un ordenamiento territorial explote nuestros recursos naturales, privilegiando la consulta previa y el respeto irrestricto por las comunidades y los pueblos originarios. Que promueva el espíritu emprendedor facilitándoles acceso a la tecnología, crédito a bajo costo y la conquista del mercado interno y los externos, a través de la transformación industrial y el paradigma de la calidad, mejorando la productividad que los lleve a ser competitivos.
Fortalecer el trinomio alimentación- Salud- educación. Estableciendo una política que ayude a desaparecer la inseguridad alimentaria para derrotar la anemia y la desnutrición crónica, para tener un capital humano fuerte y sano que tenga la capacidad de aprender las enseñanzas impartidas en un sistema educativo, que privilegie la formación con principios éticos, con moderna infraestructura y soporte en equipos tecnológicos de última generación.
Que impulse la salud pública con los principios de la prevención, basada en la alimentación sana y segura, logre que la salud no sea vista como un negocio. Y facilite el acceso a una vivienda digna con los servicios básicos, como: agua, electricidad, saneamiento e internet. En los albores del tricentenario debemos concertar bajo los nobles ideales, para establecer los lineamientos que sustenten la forja de una sociedad que reivindique la meritocracia, y que el valor de un pueblo esté en la libertad de su gente tanto en cuerpo como en espíritu, que haya una libertad sin miserias y reconozca que todos somos iguales ante la ley.