Por Mesías Guevara Amasifuen
En mi lejano y fresco recuerdo se dibuja el momento cuando mi profesora de la escuela primaria en Jaén nos hacía cantar el provinciano que interpretaba Luis Abanto Morales: “las locas ilusiones me sacaron de mi pueblo y abandoné mi casa para ver la capital… Ahora que conozco la ciudad de mis dorados sueños… y añoro con dolor mi dulce hogar … luche como varón para vencer y pude conseguirlo…”.
En los 80 mientras me transportaba en el micro para ir a la universidad, en las radios limeñas escuchaba retumbar a Chacalón y la nueva crema: “Soy un muchacho provinciano, me levanto muy temprano para ir con mis hermanos a trabajar… tengo la esperanza de progresar…busco una nueva vida en esta ciudad… con la ayuda de Dios triunfaré… y junto a ti amor feliz seré”.
Ambas canciones expresan el eco de un pueblo lejano que resuena en las calles de una ciudad que no siempre abre los brazos. «Soy un muchacho provinciano» de Chacalón y «El provinciano» de Luis Abanto Morales, retratan esta experiencia con una intensidad que atraviesa el tiempo. La primera, un himno que vibra con la fuerza del trabajo y la esperanza; la segunda, un canto melancólico que abraza la nostalgia del terruño perdido.
Chacalón encarna el ritmo de la lucha que nace en el corazón de la migración masiva de los años setenta y constituye un testimonio vivo. En sus acordes de guitarra y su ritmo tropical, se escucha el pulso de los barrios construidos con adobe y esteras, sudor y sueños por quienes llegaron de la sierra, la selva o la costa con poco más que una maleta y una promesa. Dio voz a los provincianos, y los convirtió en protagonistas de su propia historia. Su música, mezcla de huayno y cumbia, es un reflejo de la identidad híbrida que surgió en los márgenes de Lima, donde lo andino y lo urbano se fundieron en algo nuevo, vibrante y poderoso. Es el sonido de los mercados abarrotados, de las combis repletas, de las fiestas cerveceras donde la gente baila para olvidar sus penas.
Abanto Morales, a través de «El provinciano», condensa el dolor de la partida, que abraza un recuerdo que no se borra. Es la voz de quien, tras un día agotador en la ciudad, cierra los ojos y ve los cerros de su infancia, el verdor de sus campos, el río que corría junto a su casa, la madre que quedó esperando su regreso.
El provinciano no solo carga maletas, sino también ausencias. Abanto Morales, con su interpretación cargada de sentimiento, pone en escena el costo emocional de la migración. Mientras Chacalón mira hacia adelante, hacia el trabajo que construye un futuro, Abanto Morales se detiene en el pasado y siente que una parte de sí mismo nunca llegó a la ciudad.
«Soy un muchacho provinciano» y «El provinciano», juntos dibujan al provinciano como un ser completo, dividido entre el presente y el pasado, entre la lucha y la nostalgia. Ambas reflejan un Perú marcado por la migración interna, cuando miles dejaron sus pueblos para buscar en Lima y otras ciudades un pedazo de esperanza. Hoy, décadas después, siguen siendo relevantes porque el provinciano no es solo una figura del pasado, es el Perú mismo, un país en constante movimiento, tejido con hilos de esfuerzo y añoranza. En un país donde la migración sigue moldeando ciudades y vidas, nos recuerdan que el provinciano no es un extraño, sino el alma de la nación. Es el que construye, el que canta, el que llora y el que nunca se rinde. Chacalón y Abanto Morales han extendido su vida y seguirán siendo el eco, la fuerza y verdad de los provincianos que estando en su terruño o fuera nunca olvidan sus raíces, así caminen por el mundo por estudio, trabajo o por placer, son como el árbol. Entre los provincianos encontramos intelectuales, empresarios, artistas, políticos y académicos que con sus luces iluminan al Perú y en sus destellos se divisa con orgullo decir: ¡Provinciano soy!.
