Por Mesías Guevara Amasifuen
Una de las grandes aspiraciones que tienen las familias peruanas y en particular los jóvenes, es acceder a una educación universitaria de calidad, con el objetivo de convertirse en profesionales de éxito, para que de esa manera puedan tener la posibilidad de mejorar su calidad de vida y contribuir con el desarrollo del Perú.
Sin embargo, encuentran que la educación universitaria enfrenta una grave paradoja: mientras las universidades públicas sufren un crónico sub financiamiento, las instituciones privadas resultan inaccesibles para la mayoría de la población. Aunque la Constitución garantiza educación pública gratuita, la dura realidad muestra que el 73% de postulantes no logra ingresar a las universidades nacionales (Sunedu, 2023), viéndose obligados a gastar en costosas academias preuniversitarias o a asumir gastos indirectos como alimentos y transportes.
El panorama en las universidades privadas es aún más crítico. El costo de las carreras esenciales como Medicina es muy alto, estando por encima del salario mínimo, mientras que solo el 35% de estas instituciones cuenta con licencia institucional plena. Esta situación a pesar del gran esfuerzo que realizan las familias genera que 4 de cada 10 estudiantes se vean forzados a abandonar sus estudios por problemas económicos. Además, de recibir una educación sin calidad no recuperan la inversión que han hecho sus padres, quienes muchas veces se quedan endeudados o simplemente han sacrificado sus ahorros y patrimonio económico familiar sin resultados positivos. Urge evitar que estafen a los jóvenes dándoles una oferta universitaria sin calidad, y que la educación no sea visto como un negocio con alta rentabilidad empresarial y pobre rentabilidad social.
La crisis se profundiza en los estudios de posgrado, donde el 80% de las maestrías no responde a las necesidades prioritarias del país y apenas el 12% cumple con estándares internacionales de calidad. Este escenario explica por qué cada año 7,000 profesionales deciden emigrar para especializarse en el extranjero (INEI, 2024), en lo que se ha convertido en una alarmante fuga de talentos. Como vemos acceder a la educación universitaria es un lujo, el cual forma una élite mediocre de profesionales que, en su mayoría, se ponen a disposición de las fuerzas fácticas en lugar del país.
Para revertir esta situación, se requieren medidas urgentes: primero, la educación universitaria tiene que concebirse como el motor del desarrollo nacional, por lo que se tiene que incrementar el presupuesto destinado a infraestructura, investigación y capacitación docente; segundo, implementar un sistema de becas y créditos a tasa 0% vinculado a la retención de talentos; tercero, establecer el ingreso libre regulado donde la permanencia se determine por mérito académico; y cuarto, reorientar la oferta educativa hacia carreras estratégicas alineadas con los megaproyectos nacionales, con especial énfasis en posgrados internacionales en áreas STEM y con doble titulación.
Con aproximadamente 2 millones de jóvenes actualmente excluidos del sistema universitario, tenemos la obligación de comprender que la educación superior no es un gasto, sino la inversión más estratégica para su desarrollo. Solo mediante un compromiso real con la educación pública de calidad, acompañado de una gestión eficiente y voluntad política, podremos transformar las aulas en verdaderos motores de progreso para construir un país más equitativo y competitivo.
La tendencia global nos exige que, bajo el principio de la justa distribución del saber, democraticemos el acceso a una educación universitaria de calidad para formar hombres y mujeres de bien, con el objetivo que luego asuman el liderazgo de la gran transformación del Perú.
Publicado en el diario Ahora Jaén.