Por: Mesías Guevara Amasifuen
Los comuneros de una comunidad habían instalado tuberías para captar el agua de un manantial, para luego repartirlas a sus predios con el objetivo de calmar la sed de sus tierras y de sus animales. Pero esta medida no había resultado positiva porque el caudal del agua no fue suficiente. Por lo que, para intentar encontrar la solución a dicho problema, Don Panchito López, un viejo y sabio vecino, convocó a la comunidad a una reunión de trabajo, la misma que se llevaría a cabo al final de la jornada diaria.
El punto de encuentro fue el patio de su casa, una losa de cemento, en la que como asientos pusieron pequeños troncos de madera. Como en el lugar no había energía eléctrica, colocaron varios mecheros ubicados en los extremos de la losa. De los mecheros, junto a sus llamas se desprendía humo negro, que misteriosamente se perdían en el cielo.
La noche se impuso y con un manto negro cubrió el ambiente. Los invitados uno a uno fue llegando, entre ellos estaban don Gilberto muñoz, Juan Delgado, Ernesto Soto, Genaro Pérez. Genaro era el más joven de todos los presentes, y había ido en representación de don Isabel Pérez, su padre. Genaro para orgullo de su familia y en especial de su padre, se había acabado de graduar como ingeniero agrónomo, era el primer profesional de su familia.
Todos se sentaron en círculo. Don Panchito, presidió la reunión. Los presentes le guardaban un gran respeto, su palabra era ley. En orden y bajo la estricta vigilancia de don Panchito, uno tras otro, dieron su opinión, sobre cómo incrementar el caudal del agua. Don Gilberto propuso: -Tenemos que ir más arriba buscando mayor caudal y pendiente. Todos estuvieron de acuerdo, salvo Genaro que manifestó su discrepancia diciendo: -Pero cómo lo vamos a financiar, además, quién asegura que más arriba el caudal sea mayor y sobre todo su permanencia. Al escucharlo, Ernesto expresó: -Genaro tú no pareces ingeniero, hablas con pesimismo. No estoy de acuerdo contigo y sobre todo con tu actitud, ¿Qué te han enseñado en la universidad? le preguntó.
Genaro, intentó contestarle con violencia. Pero inmediatamente intervino don Panchito, poniendo orden. ¡Basta, dejen de pelear!, les espetó, al mismo tiempo llevó a su boca un cigarrillo hecho por el mismo con el tabaco que llevaba a un lado de su cinto, que era cortado por un puñal de cacha plateada que portaba al otro lado de la faja de cuero. Aspiró una bocanada de humo, la punta del cigarro se volvió un rojo intenso que brilló en la oscuridad de la noche. Luego exhaló el humo, que se elevó sobre su cabeza de cabellos canos. Su baja estatura, no era proporcional a su voz, que era fuerte, ronca y ruidosa.
Don Panchito continuó diciendo: -Es increíble que no podamos ponernos de acuerdo en esta pequeña obra, ¿cómo han podido olvidar, lo que hicieron nuestros antepasados? Mientras hablaba, dirigía su mirada a Genaro. Y prosiguió con su relato: -A inicios del siglo veinte, toda esta zona era inhóspita, las enfermedades eran comunes, aquí reinaba el paludismo y la uta. Permanentemente se recibía la visita de una fiera o de una víbora. Para ir a la costa utilizábamos varios caminos de herradura, por allí llevábamos nuestro aguardiente, café y manteca de cerdo. De regreso traíamos, fideos, medicina, sal, peje salado, aceite de olivo y ropa para nuestra gente. A nuestro regreso nos recibían con fiesta, porque era una hazaña, cruzar con vida la montaña que además de las fieras estaba infestada de bandoleros.
Don panchito, por un instante detuvo su arenga, se puso de pie e ingresó a su choza, mientras tanto los demás se quedaron pasmados por lo que habían escuchado, y cabizbajos se pusieron a murmurar, más a lo lejos escucharon volar a una lechuza. Juan Delgado, manifestó: -es la cuda, alguien va a morir-. Todos se miraron en silencio y con el cuerpo adormecido por el miedo. El murmullo se detuvo porque don Panchito había regresado trayendo en su mano un viejo libro, empastado con un cuero muy bien cuidado. Se paró delante de Genaro y le entregó el libro, diciéndole: -Como eres el más joven de la reunión te hago entrega de esta obra intitulada Perú, un hermoso y noble desafío, aquí vas a encontrar propuestas de desarrollo, que buscan solucionar los problemas que tanto nos aquejan y lo más importante, amor, fe, paz y esperanza. Allí también hallarás páginas en blanco, para que las puedas llenar con tus propuestas, sueños e ideales; y no hay espacio para el pesimismo. Llévalo siempre contigo y cuando llegues a mi edad, encuentra a un joven virtuoso y educado como tú, y entrégale el Libro.
Sus hojas son de color azul en representación de la pureza, espiritualidad, inteligencia y el conocimiento; ha sido escrito por mujeres y hombres de buenas costumbres, en cuyos corazones late la buena voluntad y tienen como guías a virtudes como la libertad, la solidaridad y la justicia, las que a entender de los sabios son consideradas las más elevadas de la humanidad.
Publicado en el Diario Ahora Jaén