Por Mesías Guevara Amasifuen
Llevada por el viento vuela muy ligera y erráticamente. Es una pluma caída del cuerpo de una anónima paloma. Al observarla, pienso en su fragilidad, más luego dirijo la mirada al suelo, y me encuentro con una fila de pequeñas hormigas, que se desplazan de manera ordenada y sincronizada. Admirado por lo visto, con actitud reflexiva me dispongo a caminar, pero al tercer paso que doy, siento un ligero hincón en una de las plantas de mi pie, la cual no me permite caminar con tranquilidad, no le hago caso y sigo la marcha. Pero en el intento, el hincón se hace más doloroso, dificultando mi caminata. Decido sentarme y quito el zapato de mi pie y encuentro una diminuta piedra.
La pluma, la hormiga y la diminuta piedra, solas son casi nada. Pero agrupadas forman un todo, las plumas forman el ropaje de un ave, las hormigas un ejército de avanzada, las piedrecillas una gran montaña.
Así ocurre con las personas, solas somos nada, pero es diferente cuando actuamos en equipo, cuando formamos una sociedad. El hombre, los animales, los vegetales, los minerales son parte de la tierra, la cual esta sincronizada con el cosmos y su energía que es universal.
El universo del cual somos parte está perfectamente sincronizado, sus movimientos son milimétricos y espectacularmente proporcionales. La arquitectura universal se pone de manifiesto, y la ingeniería se expresa en una dimensión sin precedentes. La energía fluye sin cesar y con fuerza transmite vida.
En el universo, somos semejantes a la pequeña pluma, la inquieta hormiga y la diminuta piedra. Una de las diferencias es que: “El hombre tiene la palabra para transmitir el bien y el mal, hacer lo justo y lo injusto”. Además de ello la capacidad de pensar. Cada uno de nosotros tiene un propósito en la vida, expresado en sueños y proyectos personales, muchos al no poder alcanzarlos siguen el camino de la frustración y del desengaño. De allí la necesidad, de que sepamos a donde queremos ir, para poder saber el camino que hemos de seguir. Las tentaciones están a la orden del día, por eso es importante el imperio de las virtudes. El mundo está a la deriva porque el imperio de la justicia ha sido cambiado por la codicia y la humildad por la vanidad.
El equilibrio universal entre el amor y la inteligencia, que nos da la sabiduría, ha sido quebrado. De allí las guerras, los odios, los rencores y las ambiciones.
La espiritualidad para muchos se ha convertido en cursi y creer en Dios en debilidad. La soberbia hace que no queramos entender que ser espirituales es dominar a las bajas pasiones que llevamos adentro. La ignorancia y la superstición están gobernando el mundo. Hemos perdido la conciencia que cada uno de nosotros constituimos una pequeña pieza en la gran maquinaria cósmica y universal, nos hemos olvidado de que tenemos el poder de crear nuestro propio mundo, de que el camino hacia la felicidad es la libertad.
Hemos perdido las conexiones entre nuestros yo interior y exterior, entre nuestro yo con la tierra y el universo. De allí que cada día somos más débiles e indefensos, muchos disfrutan con la desgracia del prójimo. Otros envidian el éxito de su hermano. Varios ambicionan el mal para sus colegas. Estos solo manejan el lenguaje pueril, transmitiendo palabras llenas de frustración y rencor. Hay leyes universales que explican lo que estamos hablando. Estas leyes son constantes como la ley de la gravitación universal. Como ella, existe “la Ley de la atracción”, que explica el comportamiento de las personas, manifiesta que todo lo que es igual se atrae, de manera sencilla se expresa a través del viejo dicho “dime con quién andas y te diré quién eres”. De esa manera se forman grupos con sus propios intereses, llenos de codicia, vanidad y ambiciones para alcanzar el poder, y al alcanzarlo solo buscan satisfacer su ego personal. Hace poco hemos sido testigos de la crisis financiera internacional, miles de millones de dólares se movilizaron para tapar un hoyo negro, que curiosamente, “privatizaba la rentabilidad y socializaba el riesgo”.
La pobreza y la desigualdad se han acentuado, millones de hombres y mujeres, no solo están privados del alimento, del vestido, de la salud, sino de disfrutar de la belleza del arte y de la naturaleza, recordemos que “no solo del pan vive el hombre”. El desafío, está en restaurar el equilibrio universal, y los protagonistas de este gran suceso somos nosotros mismos y la batalla se libra en nuestro yo interior, allí están nuestros fantasmas y limitaciones que asfixian a nuestra actividad creadora, también están presentes nuestros temores que nos llevan a la parálisis total. Por eso es importante saber, que podemos engañar a nuestro prójimo, pero jamás podremos engañarnos a nosotros mismos. Y que la tierra es nuestro hogar a la que debemos de cuidar.
Publicado en el Diario Ahora Jaén