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12-02-2024

Como el árbol

Soy como el árbol que no olvida sus raíces. Raíces que jamás debemos olvidar, así estemos en la victoria o en la derrota, en la riqueza o en la pobreza.

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Por: Mesías Guevara Amasifuen

Subo al vuelo 2118, de American Airlines, rumbo a Orlando la Florida. Me han programado un curso de capacitación, el mismo que se desarrollará en el Resort Swam, ubicado en el corazón de Disney. Al llegar, veo que hemos sido congregados personas de diversas partes del mundo, vamos a conversar sobre temas de alta tecnología relacionadas con las telecomunicaciones.

Los ambientes del Resort son amplios, modernos y elegantes, hay salones muy lujosos y ascensores bien adornados, con balcones largos que permiten admirar el ocaso y el amanecer. En la noche, los faroles brillan majestuosos dándole al ambiente un aire edénico para lo cual colabora la luna, cuya luz es reflejada en los pequeños lagos artificiales por donde sobrevuelan las aves.

Al final de la intensa jornada que constituye el viaje, el cuerpo llama al descanso. Me voy a mi habitación, que por cierto es grande y cómoda, propia de un hotel cinco estrellas. Me dispongo a descansar, pero antes de ello me acerco a la ventana y miro el esplendor de la noche, más luego me recuesto en el aposento cierro los ojos y me pongo a meditar.

En esa meditación se infiltra el recuerdo, que imaginariamente me transporta a las montañas del centro poblado Juan Díaz ubicado en Colasay. Me atrapa el hechizo del verdor de las plantas, la pureza de las aguas cristalinas del río Huayllabamba, el silencio mágico de sus bosques y el aroma de las flores. Mi recuerdo se convierte en una película, del cual brota una escena en la que aparezco con mis primos, sentados bajo la luna, en medio de la noche oscura, las humildes casas tienen a los candiles como los grandes protagonistas, en ellos débilmente juguetea una llama. En una mezcla de inocencia y alegría, jugamos al gran bonetón y para romper la soledad, al unísono nos ponemos a cantar: “Paloma blanca, alas de plata, piquito de oro. No te arre montes por esos montes, porque yo lloro. Los cazadores tiran su tiro, tiro perdido. No te hirieron, no te mataron porque yo estaba junto a tu nido…”, la noche se llena de júbilo y por arte de magia salen luciérnagas que danzan en el aire, lanzando destellos sobre el manto oscuro de la noche.

Continuamos con el repertorio y entonamos: “Como la flor del café, vacila mi pensamiento, ay no puedo vivir contento desde que te conocí…”. La serenata continúa, y con pasión cantamos: “Pobres violetas que mal te han hecho, para que la pongas en un rincón. Siendo un florero tu corazón…”. Todas las melodías las habíamos escuchado y aprendido de nuestros padres y de nuestro abuelo.

Mientras tanto en la cocina resalta el fogón, que alberga a un tizón con un pequeño destello que al amanecer servirá para encender el fuego donde se cocinará el alimento del día.

La cinta cinematográfica sigue corriendo, ahora llega el recuerdo de mi caminata, de Juan Díaz a la montaña. El camino es cuesta arriba, se hace lenta pero firme. El paisaje es hermoso, los varejones lucen rectos y altos, las aves vuelan en bandadas. Al llegar a la cima, como premio recibo una caricia de la fresca brisa, a lo lejos se divisa Chunchuquillo, un próspero centro poblado. Al lado del camino, hay matas de Mora cargadas con mucha fruta, que nos esperan con generosidad para darnos sus frutos. No puedo resistir a la tentación y cojo muchas moras entre rojas y moradas.

En la montaña, al caer la noche de mi sueño, voy a la cama que con generosidad los amigos de mi padre me han preparado, la cama y la Choza son muy modestas. La cama es una tarima hecha de guayaquiles (bambú) y tiene como colchón las jergas de los caballos, estos se ponen en el lomo de los jamelgos, para que se les pueda instalar la montura de cabalgar. La choza es de quincha y el techo de calamina que al llover se convierte en una coladera.   Con el cuerpo cansado me quedo profundamente dormido. Al día siguiente, el sol intenso de Florida entra por la ventana del Hotel, me despierto y me veo acostado en una cama muy cómoda.

Me acosté en una cama modesta y me desperté en una moderna. No estaba en la montaña de Juan Díaz, sino en Orlando de Florida en Estados Unidos. Me toco, me siento y luego digo: Soy el mismo. Soy como el árbol que no olvida sus raíces. Raíces que jamás debemos olvidar, así estemos en la victoria o en la derrota, en la riqueza o en la pobreza. Ellas son la base para construir nuestro presente y nuestro futuro.  

Publicado en el Diario Ahora Jaén

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